Existe el mito de que la fe y la
ciencia están en conflicto. Se nos da la impresión de que la ciencia tiene
todas las respuestas, que lo ha descifrado todo. Pero hay mucho más que no
sabemos que lo que sí sabemos.
El último 14 de marzo del 2018
falleció el astrofísico británico Stephen Hawking, que desafió las
expectativas de una muerte temprana para convertirse en el científico
contemporáneo más popular del mundo, falleció a los 76 años en la
ciudad universitaria inglesa de Cambridge. Hawking se declaró abiertamente
ateo; no creía en la existencia de un Dios supremo que gobierna el
universo.
Muy por el contrario, el famoso
físico Albert Einstein creía que la religión y la ciencia tienen propósitos
diferentes pero complementarios.
Qué decía Albert Einstein Sobre Dios
Albert Einstein fue un físico alemán de origen judío, nacionalizado después suizo, austriaco y estadounidense. Es considerado el científico más conocido y popular del siglo XX.
El científico de origen judío declaró una vez que “Dios no juega a los dados”, para manifestar su oposición ante los postulados de la física cuántica que afirmaban que en el universo reinaba el caos y la incertidumbre, para muchos de sus biógrafos era una suerte de agnóstico deísta que a la vez rechazaba enérgicamente la etiqueta de ateo. En una ocasión, de hecho, manifestó que “mi religión consiste en una humilde admiración del ilimitado espíritu superior que se revela en los más pequeños detalles que podemos percibir con nuestra frágil y débil mente”, aunque especificaría que creía en “un Dios que se revela en la armonía de todo lo que existe, no en un Dios que se interesa en el destino y las acciones del hombre»
Admiración por Jesucristo
Algunas biografías han postulado que Einstein era un “ateo consumado” o un “ateo de toda la vida”. Sin embargo, existen numerosos libros, cartas y documentos que desmienten de plano aquello y probarían que, al contrario, el famoso Premio Nobel sí creía en Dios.
En una entrevista publicada en
1930, Einstein, consultado si creía en Dios, hizo una ingeniosa analogía
literaria, comparando a Dios con una especie de bibliotecario universal. “La
mente humana, no importa cuán altamente capacitada esté, no puede comprender el
universo. Estamos en la posición de un niño pequeño, entrando en una enorme
biblioteca cuyas paredes están cubiertas hasta el techo de libros en muchos
idiomas diferentes. El niño sabe que alguien debió haber escrito esos libros.
No sabe quién ni cómo. No entiende los idiomas en los que están escritos. El
niño observa un plan definido en la organización de los libros, un orden
misterioso que no entiende, pero apenas sospecha sutilmente. Esa, me parece, es
la actitud de la mente humana, incluso de la más grande y la más culta, hacia
Dios. Vemos un universo maravillosamente organizado, obedeciendo ciertas leyes,
pero solo entendemos las leyes vagamente. Nuestras mentes limitadas no pueden
escrutar la fuerza misteriosa que balancea las constelaciones”.
En 1943, cuando se le preguntó al
físico cómo concebía a “su Dios”, Einstein respondió que “Dios es un misterio,
pero un misterio comprensible. No tengo nada sino admiración cuando observo las
leyes de la naturaleza. No hay leyes sin un legislador”. Años antes, durante su
primera visita a la Universidad de Princeton, Einstein declaró que “Dios puede
ser sutil, pero no es malicioso”.
Einstein, un sabio que una vez
dijo que “soy judío y estoy orgulloso de pertenecer a la comunidad judía,
aunque no los considero en absoluto los elegidos de Dios”, exhibió en varias
oportunidades su respeto y admiración por los ideales del acervo
judeo-cristiano, en especial, la figura de Jesucristo. En una entrevista
publicada en la revista “The Saturday Evening Post”, Einstein relató que
“cuando era niño, recibí instrucción tanto de la Biblia como del Talmud. Soy un
judío, pero estoy fascinado por la figura luminosa del Nazareno. Leí
posteriormente un libro de Emil Ludwig acerca de Jesús, pero lo consideré poco
profundo porque Jesús es demasiado colosal para la pluma de los que venden
palabras, no importa cuan artísticas éstas sean. Ningún hombre puede mover el
cristianismo con una réplica ingeniosa. Algunos ponen en duda que Jesús haya
existido, pero yo la acepto incuestionablemente. Nadie puede leer los
Evangelios sin sentir la verdadera presencia de Jesús. Su personalidad palpita
en cada palabra. Ningún mito está llenó con tanta vida. Qué diferente, por
ejemplo, es la impresión que recibimos por cuenta de héroes legendarios de la
antigüedad, como Teseo y otros héroes de su tipo, que no tienen la vitalidad
auténtica de Jesús. Nadie puede negar el hecho de que Jesús existió, ni de que
sus palabras son hermosas. Aun cuando algunas de ellas se hayan dicho antes,
nadie las ha expresado tan divinamente”.
Albert Einstein renegó toda su
vida de los fundamentalismos, lo que le llevaría a declarar una vez que “el
fanatismo del ateo es para mí casi tan divertido como el fanatismo del
creyente”. Sin embargo, hasta el fin de sus días siguió creyendo en ese Dios
que se manifestaba en “la armonía de todo lo que existe”.
En una oportunidad, entre la
infinidad de correspondencia que recibía, el sabio abrió una carta que le había
mandado una pequeña niña llamada Phyllis, desde su clase de escuela dominical
(nombre que recibían los estudios de la Biblia para niños en las iglesias
evangélicas). La misiva decía lo siguiente: “Apreciado Mr. Einstein. En nuestra
clase de escuela dominical nos hemos preguntado: ¿Oran los científicos? Este
tema salió al preguntarnos si era posible creer a la vez en la Ciencia y en la
religión. Estamos escribiendo a científicos y otras personas importantes para
intentar recibir una respuesta. Nos sentiremos muy honrados si nos contesta a
nuestra pregunta: ¿Los científicos oran? ¿Y para qué cosas oran? Estamos en el
sexto grado, en la clase de Miss Ellis. Respetuosamente, Phyillis”. Einstein le contestó a la niña en
otra carta, enviada sólo cinco días después. La respuesta decía: “Apreciada
Phyllis, intentaré responder a tu carta de la forma más sencilla que pueda.
Aquí está mi respuesta: Los científicos creemos que cualquier cosa que sucede,
incluyendo los asuntos de los seres humanos, se debe a las leyes de la
naturaleza. Por tanto, un científico no puede inclinarse a creer que el curso
de los eventos pueda ser influenciado por la oración, es decir, por un deseo
manifestado de forma sobrenatural. Sin embargo, debemos conceder que nuestro
conocimiento actual de estas fuerzas es imperfecto, así que, en el fondo, la
creencia en la existencia de un espíritu final y definitivo reside en un tipo
de fe. Esta creencia se mantiene ampliamente extendida aun en medio de los
actuales logros de la Ciencia. Pero también, cualquier persona que esté
seriamente involucrada en la búsqueda de la Ciencia acaba convenciéndose de que
algún tipo de espíritu se hace manifiesto en las leyes del Universo, uno que es
enormemente superior al espíritu del hombre. En este sentido, la búsqueda de la
Ciencia lleva a un sentimiento religioso de un tipo especial, que seguramente
es bastante diferente a la religiosidad de alguien un poco más inexperto”.

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